Si me preguntan si el colegio fue una gran herramienta para mi progreso en la vida, no puedo más que sonreír. Fueron doce años que me marcaron profundamente. Pero más allá del tiempo, lo que realmente dejó una impronta fueron las personas, las experiencias compartidas y los valores sembrados en cada rincón del aula.
Cada uno de los docentes que tuve en el Instituto Ballester Deutsche Schule dejó una huella en mí y ayudó a forjar la persona que soy hoy. Por eso, revalorizar esta hermosa profesión me resulta natural. Recordar sus nombres —esos nombres que tocaron el alma— es una manera de mantenerlos vivos en la memoria, como se hace con todo lo que nos transforma.
Recuerdo con especial cariño a Marta Wehrendt, mi maestra de alemán en primer grado, que me abrió las puertas a un idioma que no solo formaba parte de mi casa, sino también de mi identidad. Años después, la vida me regaló el privilegio de trabajar a su lado, como colega, en su último primer grado antes de jubilarse. Ese reencuentro selló algo que ya intuía desde niña: mi vocación por la docencia.
También guardo una imagen viva de Herr Siegfried Möbius, el profesor alemán que con guitarra en mano y una sonrisa entusiasta nos enseñaba canciones como “Die Affen rasen durch den Wald” que aún hoy resuenan en mi memoria. A pesar de su firmeza (y alguna tiza voladora que cruzaba el aula), era imposible no contagiarse de su energía. En la secundaria, Miss Agra, con su exigencia, me ayudó a construir una base sólida en inglés, y la profesora Natalia Hasapov de Hiebaum despertó en mí la curiosidad por la literatura fantástica, con autores como Quiroga o Cortázar, que hasta hoy me acompañan.
Mi infancia estuvo profundamente atravesada por las tradiciones alemanas y el idioma, algo que con los años supe valorar aún más. Por eso decidí estudiar el traductorado en alemán en el IES en Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”, aunque finalmente el aula pudo más que la traducción. Mi camino como docente me llevó por varios colegios de la colectividad alemana, y desde entonces no he dejado de formarme: cursé un programa certificado por la Friedrich-Schiller Universität Jena, un diplomado universitario en neurociencias en la Universidad Abierta Interamericana y una formación en innovación educativa con Nazaret Global Education.
Actualmente soy docente de primer ciclo en un colegio de la comunidad y también doy clases particulares, donde acompaño a niños, jóvenes y adultos a descubrir el idioma alemán y a prepararse para rendir los exámenes internacionales DSD I y DSD II.
Además, soy madre de dos varones y vivo junto a ellos, en lo cotidiano, la importancia de la estimulación temprana, especialmente en lo que respecta a los idiomas. Generar hábitos de comunicación eficaz resulta crucial en estos tiempos modernos, donde comprender, expresarse y conectar con otros se vuelve cada vez más necesario.
Según datos internacionales, la UNESCO anunció que el mundo necesita 44 millones de docentes para alcanzar una educación universal en 2030. Pero más allá de la cifra alarmante, lo que más escasea es algo intangible: el deseo de aprender. El desafío ya no es solo transmitir conocimientos, sino lograr que los alumnos quieran adquirirlos. Y para eso, necesitamos docentes que inspiren.
Pienso entonces en todos aquellos que me marcaron, en cada nombre que recuerdo con gratitud, y en cómo, gracias a ellos, hoy soy yo quien intenta dejar huella en otros. Como se acerca el Día del Maestro, no puedo dejar de pensar en el legado que deja cada educador, visible o silencioso, pero siempre duradero. Lo expresa con claridad Domingo Faustino Sarmiento —un maestro que inspiró generaciones—:
“El maestro deja una huella para la eternidad; nunca puede decir cuándo se detiene su influencia.”
Volver la mirada a mi paso por el Instituto Ballester Deutsche Schule me recuerda por qué elegí este camino. Y si alguien, al leer estas líneas, se anima a aprender alemán, a descubrir otras culturas o incluso a enseñar, entonces habrá valido la pena compartir esta historia.
Noemí Rinker | Alumni 1998