Hace unos días pasaron por mi casa 6 ex alumnas. Estaban volviendo de su semana en Villa La Angostura y necesitaban dejar sus valijas en algún lugar seguro mientras recorrían Bariloche hasta que fuera hora de partir hacia el aeropuerto. Su visita, aunque breve, me llenó de alegría. Por un lado, las volvía a ver luego de casi 10 años y, por el otro, me encantaba la idea de que siguieran eligiéndose para compartir sus vacaciones.
Nosotras también lo hicimos, 40 años después de conocernos en el jardín de infantes. Transitamos toda la primaria juntas; recorrimos la adolescencia en diferentes direcciones, pero la vida, después de la secundaria, nos reencontró y nos reconocimos como esas compañeras con el Kittel verde o con la Schultüte llena de Süßigkeiten, en los recreos jugando a la mancha, en los Fest der Jugend compartidos, en las colas en el kiosco, en los asaltos en 5.º y 6.º grado, con las maestras, clases y cumpleaños compartidos. ¡Y no nos olvidamos de las 2 semanas en Verónica! Tantas experiencias juntas en nuestra infancia volvieron a nuestra memoria años después, al reencontrarnos como jóvenes en un mundo de adultos, para asegurarnos de que nuestra esencia era la misma, aunque durante muchos años hubiéramos transitado otros caminos y hayamos pensado lo contrario.
Verónica Falke es gerente de servicios IT y vive en Hungría desde hace ya 13 años; Karin Beck es diseñadora gráfica en un estudio de packaging y branding y vive en Buenos Aires, al igual que Evelin Koch (sí, sí, la profe de Ed. Física y Alemán del colegio). Yo me mudé hace 4 años a Bariloche, donde mi carrera de profe de Ed. Física está en stand by y trabajo como profe de Alemán en el colegio Primo Capraro. WhatsApp hace maravillas y, luego de meses de organización a la distancia, logramos concretar un viaje que podía salir muy bien o muy mal: 4 días de trekking y 3 noches de acampe en El Chaltén y, luego, visitar el glaciar Perito Moreno, en El Calafate.
¿Qué decir del viaje? Nos encontramos en el aeropuerto —ellas en el de Buenos Aires, yo en el de El Calafate— y, desde ese momento, los días fluyeron como si hubiéramos hecho juntas este tipo de viajes más de una vez. No es sencillo coincidir 6 días con una misma visión del “pasarla bien” y que ese “pasarla bien” signifique caminar kilómetros (la mayoría con una mochila a cuestas), dormir en una carpa, prescindir de una ducha, lavarse como se podía y compartir el inodoro. ¿Y qué nos llevó a decidir emprender esta aventura? Sin duda, el paisaje; probablemente, las experiencias que tuvimos de pequeñas, donde aprendimos que no hace falta tenerlo todo para pasarla bien y que las carencias temporales (de colchón, de calefacción, de heladera, etc.) nos hacen valorar más lo que tenemos día a día y nos hicieron resilientes; y creo que, sobre todo, lo decidimos por la compañía. Crecimos juntas en el Instituto Ballester. Pasamos de jugar en el mismo arenero a aprender a leer y escribir con la misma “seño”, bajar las escaleras saltando los últimos 4 escalones (mínimo), agarradas del barandal para salir al recreo, aprender a nadar en la pileta y a pasarles cartitas a nuestros enamorados en plena clase. Sabíamos con quiénes nos íbamos a la montaña e íbamos predispuestas a disfrutar, a pesar de que, con 40 y pico, todas tenemos mañas y nuestras espaldas prefieran un colchón con almohada para descansar de noche.
Durante nuestros 4 días y 3 noches realizamos el famoso recorrido de El Chaltén, que pasa por los campamentos Poincenot y D’Agostini, visitando la Laguna de los Tres con el majestuoso Fitz Roy de fondo, el mirador del glaciar Piedras Blancas, la apacible Laguna Capri y el mirador Maestri en la Laguna Torre, donde se puede apreciar el glaciar Torre junto al cerro con el mismo nombre. El recorrido fue la excusa perfecta para reconectarnos, cada una consigo misma y también entre nosotras. Compartimos horas de marcha (a veces con calor y los odiosos tábanos de compañía), rondas de charla con cafecito o sopita de sobre mediante, las comidas “sorpresa” que había traído Vero desde Hungría (bolsitas de comida gourmet lista para saborear o las riquísimas barritas energéticas sin TACC), el chapuzón en el río helado del campamento, que nos revitalizó luego del calor agobiante, y hasta compartimos la pasta de dientes, el cepillo de pelo y el papel higiénico. Compartimos bromas y palabras de aliento; compartimos nuestro presente y nuestro pasado; compartimos esfuerzos y logros. Nos asombramos de nuestra propia convivencia en esos días y lo plasmamos en palabras mientras nos deleitábamos con una picada de trucha ahumada y pasta de aceitunas, luego de una merecida ducha al llegar a la cabaña en El Calafate. Y el último día, mientras paseábamos por las pasarelas del Parque Nacional Los Glaciares, presenciando el grandioso glaciar Perito Moreno, compartimos un silencio natural, un silencio que, aun así, nos comunicaba…
Daniela Wehrendt | Alumni 1997