Cuando pienso en mis años formativos, no puedo evitar que la memoria me lleve con gratitud a los pasillos, aulas y patios del Instituto Ballester Deutsche Schule. Allí pasé más de una década de mi vida, entre la primaria y secundaria, en una escuela que no solo se encargó de enseñarme conocimientos académicos, sino que sembró en mí valores, disciplina y una mirada abierta al mundo.

El Instituto Ballester Deutsche Schule, con su enfoque bilingüe y su esencia alemana, me ofreció una formación sólida, exigente y profundamente humanista.

No era solo una escuela; era una pequeña comunidad donde se cultivaban el esfuerzo, el respeto, la curiosidad intelectual y la convivencia multicultural.

Años más tarde, ya convertido en ingeniero químico y con más de dos décadas de experiencia en la industria petrolera (y habiendo pasado previamente por la industria química y automotriz), entiendo que muchas de las herramientas que utilizo a diario comenzaron a forjarse en aquellos años. La base sólida de conocimientos fue de gran importancia para completar la carrera universitaria, sobre todo en los primeros tres años.

Hoy, como Gerente Offshore en una empresa petrolera, he tenido el privilegio de trabajar en países tan diversos como Egipto, Francia, Escocia, Estados Unidos y México, entre otros.

En cada rincón del mundo al que llegué, en cada plataforma, en cada equipo internacional que lideré o del que fui parte, comprendí el valor de haber sido preparado en un entorno educativo que promovía el entendimiento intercultural y el pensamiento crítico.

El Instituto Ballester me enseñó no solo a dominar contenidos, sino a adaptarme, a dialogar con lo distinto, a buscar la excelencia sin perder la humildad.

Mi historia en el Instituto está tejida también con lazos familiares: mis padres (descendientes directos de alemanes y austríacos) y hermanos también fueron parte de esta institución. En cierto modo, el Ballester no fue solo mi escuela, sino un lugar que acompaña nuestra historia familiar, una segunda casa donde se formaron generaciones enteras.

Hoy, al mirar atrás, no puedo más que sonreír con afecto. Guardo recuerdos entrañables de compañeros, docentes que dejaron huella, desafíos que parecían grandes y hoy son solo anécdotas de una vida bien vivida. Y si algo tengo claro, es que el profesional que soy hoy —exigente, curioso, resiliente y profundamente agradecido— comenzó a formarse entre las paredes de ese colegio.

El Instituto Ballester no solo me preparó para la universidad. Me preparó para la vida. Y por eso, le estaré siempre agradecido.

Alejandro Georgi
Alumni 1992